[PARTE II] Viaje a España: arropados de la deportividad del Cupra León Sportstourer

Condujimos por 10 días el León SW de 310 caballos, un modelo que conjuga lo mejor de dos mundos casi siempre disyuntivos. Y es que, ¿cuántas veces la demanda por más espacio no fue un cachetazo a la performance? Esta es una de las excepciones...

por José Ignacio Gutiérrez

Continuación del texto [PARTE I] Viaje a España: arropados de la deportividad del Cupra León Sportstourer

Sevilla tiene un color especial

Nuevo día, el primero despertando en Sevilla. Poco a poco va creciendo la comitiva -somos cuatro- y por tanto suben las exigencias asignadas al León Sportstourer. Por espacio para equipaje, bien: el maletero por ahora alcanza para todo y más. Salimos temprano en dirección al centro para hacer un city tour en esta ciudad predilecta del rey Alfonso X y que tiene en basureros, luminarias, paradas de buses, edificios y hasta tapas de alcantarilla la leyenda NO8DO. ¿Qué significa? Es lógico preguntárselo… Llegamos a Plaza de España, queda un solo estacionamiento entre medio de varios autos. Este no es un Smart ni un Twingo, pero acepto el reto.

Recorremos el Parque de María Luisa, la Universidad de Sevilla, el Real Alcázar y la Plaza de toros de la Maestranza, donde desde hace dos siglos torean los más diestros matadores. Aquí también está escrito NO8DO, una palabra que desde el S.XIII identifica a esta ciudad. La historia cuenta que el rey apodado el Sabio se refugió aquí, empujado por la rebelión de la nobleza castellana y de su propio hijo Sancho, quienes buscaban destronarlo. Siete meses antes de su muerte, el desplazado monarca Alfonso X entregó a Sevilla -su último bastión- este lema NO8DO, cuyo centro simboliza una madeja de lana y que, en lectura completa se traduce como ‘no-madeja-do’ (no me ha dejado), un agradecimiento a la inquebrantable lealtad sevillana.

Cruzamos el Guadalquivir y visitamos Triana, el tradicional barrio reconocido por la influencia gitana y por cultivar la artesanía sobre cerámica, que hoy los turistas podemos llevar como souvenir. Probamos más tapas, ahora en La Gorda de Las Delicias, otro restaurante típico. En la tarde recorremos más: entramos al Archivo General de Indias, el edificio donde están compilados 80 millones de páginas y más de 8 mil mapas de las expediciones conquistadoras de ultramar. Aquí hay textos auténticos de puño y letra de Cristóbal Colón, Hernando de Magallanes, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Vasco Núñez de Balboa. Historia pura.

Cupra

Son cerca de las 18h y volvemos a Plaza de España, recorremos sus 48 mosaicos cerámicos puestos en forma de medialuna, donde están escritas y representadas las provincias de España, ordenadas alfabéticamente desde Alava hasta Zaragoza. Aquí nos cae la tarde y entonces descubrimos el sentido pleno de ‘Sevilla tiene un color especial’, la canción popularizada en 1992 por el dúo Los del Río y que se convirtió en un auténtico himno de la ciudad… Miramos la hora, se hace tarde. Vamos a encontrarnos con nuestro Cupra León Sportstourer y ponemos rumbo a Cádiz. Por delante hay 120 kilómetros, que a estas alturas parecen un pelo de la cola.

Todo camina según lo planeado. Esta vez no se me escapa el feedback. Apenas saliendo pregunto a mis amigos Vicenta y Sebastián -en la segunda fila- si acaso van cómodos. Dicen que sí y así también los siento y veo. Ella, entendiendo su naciente rol crítico, habla de la buena calidad del audio, algo que es totalmente cierto. Este León estirado integra un sistema Beats Audio de nueve altavoces, que todos terminamos agradeciendo en la travesía. Elodie lo tiene más sencillo. Es mi copiloto y va empotrada en la butaca deportiva de apoyacabeza integrado y con ajuste en todas las posiciones. Aporta con lo particular del volante. Y también es verdad: es uno forrado en piel, con vivos cobre y en forma de D. Pero no es eso lo que más llama la atención, sino los dos botones redondos bajo el diámetro -uno por costado- que sirven para cambiar de modo de manejo y para dar arranque al Sportstourer. Reminiscencias puramente deportivas… Al final y yendo al punto, me queda claro que este compañero resultó ser el ideal. Eso sí, en Cádiz es otra la historia porque sube otra pasajera: la Cote, hermana de mi amigo, que voló de Santiago a Cádiz, vía Madrid. Pero nada malo va a pasar. Todo lo contrario. Ahora los linarenses somos mayoría.

Cádiz, Cádiz, Cádiz…

Antes de que se sume la nueva visita, pasamos por el supermercado para comprar cosas que picar en la noche y para el desayuno del día siguiente. El Mercadona camino al departamento podría parecer un supermercado común -como cualquiera en Chile- si es que no fuera por las infinitas variedades de quesos, piernas y jamones que ocupan todo un pasillo. Todos lucen similares, pero lógicamente tienen toques diferentes de sabor. También se distinguen por su procedencia dentro de España.

Mi amigo Sebastián pregunta dos, tres y cuatro veces cuáles llevamos. Nadie quiere casarse con una eventual mala elección, el mutismo reina. Yo me acuerdo de qué comía cuando vivía en Tarragona y propongo que llevemos un queso de cabra. Mejor que escoja él, que en sus años viviendo en Australia desarrolló insospechados talentos. “Se le siente demasiado el comino”, dijo con aires de Master Chef sobre mi plato que pedí en Sevilla. Yo me limito a que las comidas son buenas o malas; y casi siempre las encuentro buenas. Se acaba la ceremonia, se decide y echa uno y uno en el carrito que lleva Elodie.

Salimos del supermercado. Pasamos por la Cote y llegamos al departamento, otra vez ubicado en la parte antigua, ahora de Cádiz. Decir ‘antiguo’ en este puerto que mira al Mediterráneo y al Atlántico, no es cualquier cosa: Cádiz es el centro urbano más remoto de Occidente, y es que fue fundado por los fenicios en el 1.100 A.C., bajo el nombre de Gadir.

Cupra

En Cádiz la aventura es a pie y la iniciamos en la puerta del departamento, en la calle Sacramento. Antonio es nuestro guía. Es amigo de mi amigo. Se conocieron hace años en Berlín y al saber que veníamos se ofreció para llevarnos por los rincones imperdibles de la ciudad. Con su particular acento andaluz, nos explica primero que hay tres niveles -si puede decirse así- entre los gaditanos (es el gentilicio en Cádiz). “Cádih, Cádih, Cádih es el más Cádih de todos. Son los que viven y se han criado en el casco histórico -de la Puerta de Tierra hacia dentro- por los barrios de La Viña, Santa María, los más añejos, los de toa la vida…”, dice. ¿Y Cádiz, Cádiz? “Son los de Cádih, pero los que viven hacia la parte nueva”. Por último, agrega que de Cádiz (una vez) son los de la Provincia de Cádiz, pero no de ‘Cádih’ capital sino del puerto, de Chiclana o de Jerez, etc.

Entonces -según la explicación- estamos en Cádiz x3. Empezamos el tour en la playa, que está a unos minutos andando. Nos tomamos varias fotos con el mar y el cielo de fondo. Desde este mismo lugar, el 25 de septiembre de 1493 salió Colón en su segundo viaje expedicionario. Para nosotros también es el punto de inicio. Recorremos los lugares más pintorescos de la ciudad, en callecitas de piedra estrechas y bien cuidadas. Este paseo vuelve a ser más en la tónica de la buena mesa, que de ver lugares específicos.

Almorzamos en Arrebol, un bar de tapas en la esquina de Enrique de las Marinas y San José, frente a la Plaza de Mina. Pedimos unas Alhambra en botellín y el resto lo decide Antonio. Su idea es que probemos de todo un poco: el mesero nos ‘pone’ lasaña, gyozas, anchoas del Cantábrico, risotto de setas y ensaladilla rusa con puntillas de chipirones. Todo de verdad excelente. Se confirma que en toda España se come muy bien. Acortamos la tarde en la gelatería Narigoni, justo enfrente de la Catedral de Cádiz, antes de que volvamos a la playa para ver el sunset. Pasamos por unas cervezas (ahora yo pido sin alcohol) y nos sentamos en el muelle para conversar, esperando que el sol se ponga. Cuando ya es el momento, corremos todos a la orilla y hacemos las últimas fotos: las serias y las desordenadas. Las parejas también toman las suyas.

Camino al último bastión del islam

Cuando ya es casi de noche salimos de Cádiz en dirección Granada (son 300 kilómetros de ruta). Ahora sí. Somos cinco a bordo y hay que extremar el ingenio para hacer caber todo. Es que este León Sportstourer y su portalón eléctrico ponen la cuota de suspenso: cuando creemos que está todo en orden, oprimo el botón y justo antes de juntar, la puerta se devuelve. Vuelta a organizar. Así dos veces, hasta que decidimos poner menos bolsos, cerrar el portalón y luego rellenar por encima desde la segunda fila. Es una pequeña trampa que resulta. Nos vamos.

Saliendo de Cádiz otra vez encontramos zonas de reducciones de velocidad y controles de cámaras. Así, el camino se hace lento y aburrido por casi una hora, tanto que casi todos se duermen. La única que sigue despierta a mi lado es Elodie, y tiene cara de no querer dormirse. ¿Qué me llama la atención (y creo que a ella le pasa igual)? La ruta de una vía por sentido, además de ser fome, es oscura en extremo. También se pierde algo la señal. En definitiva, todo esto confabula para que me pase de la salida a la derecha en un cruce indicado en Waze. Cuando ya me doy cuenta, es tarde. Me sulfuro y siento el calor habitual que me ataca después de equivocarme. Ya está. No me indica retorno, sino empalmar con otra vía aún más secundaria (¿terciaria?)

Este camino sí sorprende. Se trata de una ruta repleta de curvas, muy angosta, sin una línea media divisoria, pero igualmente de doble tránsito. Esto lo desprendo porque veo carteles en el sentido inverso. Aquí además de no haber otros autos, tampoco hay radares. Me propongo recuperar el tiempo perdido, aunque en la pasada me convierta en un perfecto inhibidor del sueño en mis amigos. Ahora sí van todos nuevamente despiertos. Me preguntan que dónde estamos. No expío mis culpas: digo que no acerté en la salida marcada, pero que sigue estando todo bien. Son 25 kilómetros poniendo exigencias al chasis, ahora a plena capacidad. Otra vez el comportamiento dinámico es muy a la altura y eso me reconforta: por un lado, el centro de gravedad bajo y la batalla larga -preceptos privativos de un station wagon- hacen a este auto fácil de guiar, incluso en caminos inhóspitos y desconocidos como este; y, por el otro, los frenos Brembo de discos ventilados y cuatro pistones dan la seguridad de contener cualquier desboque. Se termina esta ruta impensada y por fin entramos en la primera carretera doble carril. Esta vez la llegada es cosa de una hora y media. Todos vuelven a su respectiva especialidad.

A Granada llegamos sobre las 23 horas. Como es costumbre, al entrar en la ciudad abro el techo para tomar aire fresco. Tenemos miedo de encontrar los restaurantes cerrados, así es que dejo a mis cuatro pasajeros cerca del departamento que escogió Chenta por Airbnb y yo por mientras me encargo de localizar el parking Plaza de los Campos, el más cercano. Ganamos tiempo. Estaciono y soy yo mismo quien primero llega al bar EntreBrasas. Me siento en una mesa solo a la espera de que en 10 minutos volvamos a ser cinco. Pedimos las respectivas cañas y diferentes cortes de carnes, que, a juzgar por los sabores y la textura, dan la impresión de que estuviéramos en un restaurante de Montevideo. No alcanzamos a pedir la tercera ronda y EntreBrasas cierra sus puertas. No hay problema. Pasamos por un almacén y continuamos en la terraza de nuestro ‘piso’, ahora al compás de dos ginebras. A la 1 nos vamos todos a las camas, porque al día siguiente tenemos entradas a las 8 de la mañana a La Alhambra.

Este alcázar nazarí levantado desde el S. XIII, está ubicado en la parte más alta de la ciudad, a los pies de Sierra Nevada, lo que convierte al trayecto en otro reto para el torque de nuestro animoso potro, que como siempre no destiñe. Aquí habitó Boabdil, el último sultán del Reino de Granada, cuyas tropas fueron derrotadas en 1492 por las fuerzas de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. El hecho puso fin a ocho siglos de presencia musulmana en la península y catapultó a los Reyes Católicos. “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre“, fue el irónico consuelo que el emir recibió de su propia madre antes de escapar al exilio en África.

Entramos en La Alhambra y me sorprendo con el nivel de detalle, con cielos bien ornamentados en todas las naves y con miradores en varios de los patios, que siglos atrás sirvieron para vigilar desde lo alto Granada y que hoy resultan perfectos para contemplar su belleza. Estamos dos horas recorriendo el palacio y los jardines. Al final uno termina sobrecogido por cómo hace 800 años se lograba tanta perfección arquitectónica. Fin del recorrido y ahora vamos al centro de Granada.

Queda poco tiempo, porque hoy es el viaje más largo de todos: 750 kilómetros hasta Salou, en Cataluña. Pero en Andalucía me queda una tarea: entrar en la Capilla Real, el templo junto a la Catedral de Granada, construido por expresa orden de los Reyes Católicos, donde justamente descansan sus cuerpos y se exponen también -detrás de cristales- la corona de la reina proclamada en 1474 y la espada del rey con la que declaró sus victorias. Ambos quisieron permanecer aquí como señal del triunfo irreversible de la cristiandad.

Mientras mis amigos ven y compran souvenirs, yo pago los € 5 e ingreso al sepulcro. Para mi mala suerte, las fotos están prohibidas y hay guardias que vigilan el cumplimiento cabal de las órdenes. Me concentro entonces en disfrutar el momento. Llego a un metro de los ataúdes y me conmuevo de estar tan cerca de la historia. ¿Ha existido acaso alguna mujer más importante desde la Edad Media hasta aquí? Seguro que no. Sin recuerdos físicos, atesoro las imágenes mentales.

En La Alhambra, predominio del Grupo Volkswagen: T-Cross, León Sportstourer e Ibiza. Atrás, un Golf de cuarta generación.

A las 14h comemos en otro bar de tapas, esta vez algo ligero. Compro también dos latas de energéticas y comenzamos el tramo de ocho horas y media. Me encantan estos desafíos de largo aliento. No va a ser tampoco la odisea más extensa que haya hecho, de manera que me siento confiado en llegar sanos y salvos y de que, limitándonos a las paradas estrictamente necesarias, vamos a estar a tiempo en Salou. Tipo 23h, pienso.

Cuando ya hemos avanzados unas dos horas, paramos en una estación Cepsa a recargar combustible, pasar al baño y estirar las piernas. Justo cuando estamos por retomar el viaje, entra en la bencinera un Cupra León en formato hatchback, del mismo color gris grafeno del nuestro. Este es el que va a debutar en Chile en 2023. Me acerco al conductor, un tipo de unos 40 años. Le hablo en español, pero no entiende. Intento con el inglés y tampoco lo comprende muy bien, pero al menos capta lo medular: si acaso no le molestaría poner su auto junto al mío para tomarles una foto. Me dice que no hay problema, pero que no quiere que salga la patente. La miro y veo que tiene matrícula alemana. Claramente su odisea al volante ha sido más larga que la mía, pero yo voy con mis amigos (y más). Eso también es muy bueno. Él acelera y se pierde.

Cupra

Los modelos se distinguen desde el pilar B hacia atrás.

Seguimos. Paramos de nuevo solo para pasar al baño. Llegamos a Salou, en la Costa Daurada catalana pasadas las 23 horas. Casi. En este pueblito parece no vivir nadie en otoño ni invierno. Es un refugio estival y solo encontramos abiertos un local de kebab y una botillería. Es suficiente. En el departamento se nos une Florine, amiga de Elodie, que vive aquí desde antes de la pandemia. Es la última noche -una muy fría- en esta larga travesía y la hacemos, a nuestro modo, muy especial. Otra vez nos dormimos tarde, pero ya no tenemos apuro porque al día siguiente no hay más límite que el check-out. Es la última oportunidad en meses para estar juntos. Aprovechamos en todo el sentido.

Ya en el epílogo, desayunamos tarde en un restaurante frente al Mediterráneo. Ahora sí el sol brilla radiante. Pasado el mediodía nos vamos a Barcelona, de vuelta al aeropuerto para dejar a la primera que regresa: Elodie. Nos despedimos contentos, porque este segundo reencuentro sirvió para crear recuerdos imborrables. Y no va a ser el último. Lo sé.

Volvemos al centro de Barcelona con una última visita en carpeta. Vamos a la calle Ruiz de Padrón, al departamento de Nico y Anita. Estaciono entonces en el parking Trinxant, a dos cuadras. Él -también linarense- es primo de Sebastián y la Cote y ella, su esposa. Hace años viven en Barcelona. Pasamos la tarde en el balcón de su departamento, comiendo y bebiendo. En la tarde-noche recorremos el centro ya de ambiente muy navideño. A las 21h llegamos a Recasens, un restaurante ubicado desde 1906 en Rambla del Poblenou, que tiene especialidad en embutidos, quesos y vinos. Nuestros anfitriones reservaron aquí para sorprendernos y, la verdad, lo lograron. Este lugar de varios salones está adornado con fiambres, quesos, panes, tomates, aceitunas en conserva y botellas de vino que cuelgan en escaleras, paredes e incluso el cielo. Dan ganas de probar de todo un poco y es eso mismo lo que hacemos.

Nos devolvemos a la casa en Metro. Bajamos en la estación Navas y pasamos por lo de siempre para volver a recordar y reír de las mismas historias en Linares, Concepción y Santiago, donde casi todos hemos coincidido. Jornada siguiente. Es 3 de diciembre, día de mi regreso. Al desayuno le escribo a Álex, de Cupra. Nos ponemos de acuerdo en el horario para devolver el León y ya comienzo mi propia despedida. A Anita y Nico les agradezco su hospitalidad y a mis amigos les doy las gracias por ser parte de la aventura. A ellos de todos modos los veo pronto en Chile, antes de que vuelvan a Australia en marzo. Tomo mi maleta, pago el parking y me voy al aeropuerto. Me encuentro con Álex a la hora y en el lugar acordados, le devuelvo las llaves y también le agradezco. Chequeo mi equipaje, compro dos revistas y subo al avión. La aventura se acabó. Abro mi computador y pienso por dónde voy a empezar esta larga historia en el Cupra León Sportstourer de norte a sur, por 10 días y por 2.860 kilómetros. Comienzo así: Varias cosas distinguen a España de los demás países de Europa… JIGG.