Ya tenemos prácticamente claro que la guerra por el vehículo eléctrico la ganó China. Tras una tímida expansión al mundo en la industria automotriz hace dos décadas, con vehículos de dudosa calidad y muchas veces clones de marcas existentes, lograron dar vuelta la tortilla tras una mayor inversión en desarrollo y tecnología, que finalmente los tiene a la vanguardia en la movilización eléctrica.
Pero mientras que en China la fabricación y demanda por autos eléctricos crecía, en el resto del mundo sucedía lo contrario. El boom fue breve, la demanda por eléctricos rápidamente se enfrió (y con ello los planes de muchos fabricantes para hacer la transformación de su gama), y el plan para inundar el mercado con eléctricos baratos no se ha logrado concretar como esperaban. Pero tampoco pueden frenar las plantas, por lo que prácticamente están absorbiendo localmente la sobreproducción y una guerra de precios.

Esta guerra es la que tiene preocupada a las autoridades, que temen se transforme en una amenaza a la economía local. Los bajos precios, que se acercan a un tipo de dumping, muchas veces están quedando bajo los márgenes de producción, por lo que las marcas están perdiendo dinero por cada modelo (por ejemplo, un BYD Seagull lo venden a un tercio de lo que se vende en Europa, sin considerar aranceles). Esto podría acelerar la purga de las marcas eléctricas locales, que son cerca de 50, y se espera que la mayoría desaparezca o se funda con otra en los próximos años.
Esto pasa por la sobreproducción, que al no poder venderla afuera, deben hacerlo localmente a precio de huevo, porque es más caro detener la fábrica (similar a lo que llevan años haciendo con el acero), a pesar que algunas funcionan al 2% de su capacidad real. El gobierno ya amenazó con cambios a las leyes para controlar los precios, y a los fabricantes a tomar acción frente a la sobreinversión que han hecho, que no se condice con la demanda real.
