A principios de los años ’90, Subaru era una marca japonesa más, sin mayor relevancia a nivel mundial frente a rivales como Toyota, Honda o Nissan, que estaban viviendo sus años dorados. El panorama empezó a cambiar con su participación en el campeonato mundial de rally WRC y otros equivalentes, donde el Legacy hacía lujo con sus sistema de doble tracción.
Pero no fue hasta el uso del Impreza que se hicieron de una reputación, gracias a las versiones de homologación WRX y derivados, como las versiones STi o el muy limitado (y aún valioso) 22B. Con la línea WRX del Impreza, Subaru se hizo un espacio en el segmento sport japonés, que en esos años vibraba con modelos de mayor y menor estirpe, como el Toyota Supra, Honda NSX y Nissan Skyline, donde hasta hace no mucho era uno de los últimos sobrevivientes.

En la última década el WRX logró hacerse un espacio como un modelo propio, sin depender más del nombre Impreza, pero que con el tiempo perdió esas sensaciones que tanto se buscaba anteriormente, con la desaparición de las versiones STi o la transmisión manual, reemplazada por una caja automática CVT, la antítesis de un vehículo deportivo pensado para dar emociones al volante en lugar de batir récords de velocidad.
Eso finalmente lo admitieron en la marca. Durante entrevistas en el salón de New York, el jefe de la división europea admitió que la marca ha perdido ese lado deportivo, y que necesitan recuperarlo. El problema es que no será pronto, ni fácil. El motor a combustión tiene los días contados, y está cada vez más restringido, lo que hace difícil exprimir más potencia a un motor compacto; por el lado de la electrificación, aún están lejos de lograr una plataforma deportiva que no pese como elefante o tenga una autonomía paupérrima.
