El tablero llegó a mostrar 1,0 litro cada 100 km. La reacción natural habría sido levantar el pie y proteger la cifra, pero acá no bastaba con avanzar lentamente: la organización fijaba horarios de llegada para evitar que el buen consumo se consiguiera a velocidades poco realistas.

Todavía faltaban kilómetros para Antofagasta y el tiempo comenzaba a apretarnos. Habíamos partido a velocidades de entre 95 y 100 km/h, pero en los sectores donde estaba permitido subimos el ritmo hasta movernos entre 115 y 120 km/h. La cifra del tablero comenzó a subir y la misión cambió: había que administrar la energía sin perder de vista el reloj. Ese fue el momento que mejor resumió el Geely 3L Challenge.
De Iquique a San Pedro: el norte no regala nada
La aventura había comenzado tres días antes, con un vuelo desde Santiago a Iquique. Allí nos esperaban cerca de 10 unidades del Geely EX5 EM-i, modelo que debutó en Chile en abril de 2026. Cada auto llevaba tres periodistas.

Compartí auto con Lorena Gallardo, de La Tercera, y Leonardo Zúñiga, de Duplos. Por delante teníamos cerca de 1.000 km, con Antofagasta como destino final y Tocopilla y San Pedro de Atacama como paradas principales. En esta última pasamos dos noches.
El nombre del desafío explicaba la meta: conseguir 3 litros cada 100 km, equivalentes a 33,3 km/l, en distintos tramos definidos por la organización. No se trataba de registrar esa cifra como promedio constante durante todo el viaje, sino de alcanzarla en etapas con rutas, desniveles y horarios previamente establecidos.
La primera jornada fue también la más extensa. Desde Iquique tomamos rumbo al sur entre largas subidas y bajadas, aprendiendo a reservar batería y aprovechar la regeneración. En uno de los tramos cronometrados teníamos una hora y 10 minutos para recorrer 104 km antes de llegar a Tocopilla. Nuestra estrategia fue mantener durante la primera parte cerca del 85% de la carga disponible y utilizar después el modo eléctrico. Así cerramos ese tramo en 2,9 litros cada 100 km.

Al volante, el EX5 EM-i mostraba el carácter suave de un híbrido enchufable. En las rectas avanzaba aplomado y con poco ruido. Su sistema combina una unidad eléctrica de 215 Hp y 262 Nm con un motor a gasolina aspirado de 1,5 litros, 98 Hp y 125 Nm.
En las trepadas había que presionar más el acelerador y aceptar que el consumo subiría. El objetivo no era medir sus prestaciones, sino mantener un ritmo real de carretera gastando lo menos posible.

Tocopilla fue mucho más que una parada para almorzar. La ciudad está ligada a Alexis Sánchez y pasamos por el monumento levantado en su honor en la plazoleta O’Higgins. La figura del delantero aparece vestida con la camiseta de Chile, acompañada por réplicas de las dos Copas América ganadas por la Roja y por diversos escudos de los clubes por los que ha pasado.
Después del almuerzo vino la parte más exigente. El camino hacia San Pedro de Atacama nos obligó a ganar altura y el consumo respondió en consecuencia. Entre Tocopilla y San Pedro registramos 5,0 litros cada 100 km, equivalentes a 20 km/l. La noche nos alcanzó cerca de Calama y llegamos al hotel después de una jornada de alrededor de 600 km. En las bajadas, el indicador llegó a sumar cerca de 32 km de autonomía eléctrica gracias a la regeneración, una demostración práctica de cuánto puede cambiar el resultado cuando se aprende a anticipar el terreno.

El segundo día no me tocó manejar. Después de tantas horas al volante, viajar como pasajero terminó siendo más útil de lo que esperaba. Desde el asiento del acompañante pude observar cómo cambiaba el consumo según la presión sobre el acelerador, cuándo convenía reservar batería y cuánto influía levantar el pie antes de una curva o una bajada. También fue una oportunidad para conocer los alrededores de San Pedro y entender que una buena cifra no depende de una sola maniobra: se construye durante todo el recorrido.
El tramo decisivo hasta Antofagasta
El tercer día salimos desde San Pedro de Atacama rumbo a Antofagasta. Manejé la primera parte hasta un parque eólico y luego Lorena tomó el volante. Desde ahí, mi trabajo cambió por completo: pasé a controlar los kilómetros restantes, la carga disponible, el consumo y el tiempo que nos quedaba para llegar al siguiente punto.
La estrategia fue utilizar buena parte de la energía eléctrica antes de enfrentar las bajadas hacia Antofagasta, donde sabíamos que podríamos recuperar carga mediante el frenado regenerativo. La teoría parecía simple, pero aplicarla mientras avanzábamos a velocidades reales de carretera exigía coordinación. Cada decisión afectaba la siguiente.

Finalmente llegamos a la meta en el tiempo acordado, con un promedio de 2,3 litros cada 100 km, equivalentes a 43,5 km/l, en el tramo entre San Pedro y Antofagasta. El registro de 1,0 litro cada 100 km había sido solo una lectura puntual; el resultado final de la etapa, obtenido después de acelerar y cumplir los horarios exigidos, fue el que realmente confirmó que habíamos superado el objetivo.
El 3L Challenge comenzó como una competencia contra el consumo, pero terminó siendo un ejercicio de lectura: leer el camino, la energía, el tiempo y también a los compañeros de viaje. Después de casi 1.000 km, la principal lección fue sencilla: conducir de manera eficiente no consiste únicamente en ir más lento. Consiste, sobre todo, en saber recargar y limitar la batería.









